La expansión británica en Australia y Nueva Zelanda fue rápida y poco cuestionada en su momento. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, ambos territorios fueron incorporados al Imperio británico mediante ocupación territorial, desplazamiento indígena y asimilación forzada. Fue una colonización de asentamiento. El objetivo no era solo explotar recursos. Era fundar nuevas sociedades europeas.
Australia antes de 1788
Antes del desembarco británico en 1788, Australia estaba habitada por entre 500.000 y 1.000.000 de personas. Existían más de quinientos grupos territoriales y alrededor de doscientas cincuenta lenguas. Las comunidades aborígenes mantenían una relación estructural con la tierra, vinculada a sistemas espirituales y ecológicos conocidos como el Dreamtime. Durante aproximadamente 60.000 años, ocuparon el continente mediante redes de intercambio y prácticas sostenibles de caza, recolección y agricultura localizada. El territorio no estaba vacío. Era un espacio cultural organizado.
En 1788, la Primera Flota británica fundó la colonia penal de Nueva Gales del Sur. Tras la pérdida de las colonias americanas, Australia se convirtió en destino para deportados y en espacio de expansión agraria. El continente fue declarado terra nullius: “tierra de nadie”. Ese principio negó toda soberanía indígena y evitó tratados o reconocimiento legal. La expansión agrícola y ganadera implicó apropiación sistemática de tierras. Los pueblos aborígenes no fueron considerados sujetos políticos con los que negociar.
Guerras de frontera y colapso demográfico
Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX se desarrollaron las llamadas Guerras de la Frontera. Fueron conflictos dispersos entre colonos, fuerzas coloniales y comunidades indígenas. Se estima que murieron entre 20.000 y 60.000 aborígenes, frente a unos 2.000 colonos. La violencia fue desigual. A ello se sumaron epidemias de viruela, gripe y sarampión, que provocaron colapsos demográficos. En Tasmania, la llamada Guerra Negra (1820–1832) redujo a la población indígena a unos pocos cientos de personas confinadas. El modelo aplicado fue el colonialismo de asentamiento: sustituir población y reorganizar el territorio.
Desde finales del siglo XIX, la violencia directa dio paso a políticas administrativas. En Australia se desarrolló la separación forzosa de niños aborígenes de sus familias, conocidas como las Stolen Generations. El objetivo era romper la transmisión cultural y acelerar la integración subordinada. La pérdida cultural fue profunda.
Nueva Zelanda: tratado y guerra
En Nueva Zelanda, el contacto sostenido comenzó tras los viajes de James Cook en 1769. La Corona firmó el Tratado de Waitangi en 1840. La versión inglesa reconocía soberanía total británica. La versión maorí garantizaba autoridad tribal y protección. La ambigüedad permitió a la Corona imponer control progresivo. La expansión de asentamientos condujo a las Guerras de Nueva Zelanda (1845–1872). El resultado fue la confiscación de más de cuatro millones de hectáreas y debilitamiento de la base económica maorí. Aunque la población maorí no fue eliminada, perdió territorio, autonomía y capacidad política.
En Australia y Nueva Zelanda se aplicaron políticas de “protección” orientadas a diluir la diferencia cultural indígena. En Australia, la legislación permitió retirar niños aborígenes de sus familias. En Nueva Zelanda, la presión se ejerció a través de la escolarización obligatoria y la marginación del idioma maorí. A finales del siglo XX comenzaron procesos de reconocimiento y reclamaciones territoriales. El impacto cultural, sin embargo, ya era profundo.
Balance
En Australia, el principio de terra nullius permitió la ocupación sin reconocimiento legal indígena. En Nueva Zelanda, el Tratado de Waitangi otorgó apariencia jurídica a un proceso que terminó en guerra y confiscación territorial.
En ambos casos, el modelo fue colonialismo de asentamiento. No buscó integrar. Buscó sustituir. El mito de una colonización pacífica oculta décadas de guerra, desplazamiento y exclusión.
Como en Norteamérica, el proyecto británico no se planteó como convivencia, sino como fundación de nuevas sociedades sobre territorios ya habitados. Las disculpas oficiales y procesos de reparación no han eliminado las consecuencias estructurales: desigualdad persistente y pérdida cultural acumulada.
